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el Verso de Hipsípila. Aixa Portero

Impreso en papel Japonés Kozo y montado sobre bastidor de madera.

 

 

LA CRISÁLIDA COMO REINVENCIÓN, DA ALAS.

Fernando Francés.

 

Una de las mejores lecciones que se pueden aprender en la vida, ésas que no vienen escritas en los libros de instrucciones de cómo ser mejor persona, más feliz o incluso cómo tener más éxito, una de esas cosas que sólo pueden aprenderse desde la experiencia personal y la sabiduría que otorga la madurez, tiene que ver con la capacidad de reinventarse. De ello ha hablado y escrito con maestría sin par, mi admirado amigo Mario Alonso Puig con un éxito inigualable. Reinventarse es una capacidad que el ser humano debe explorar desde su más profunda voluntad para superar las dificultades y las trampas que le esperan en cada esquina. Y se adquiere esa habilidad cuando se alcanzan estados superiores de conciencia, creatividad y control interior. Reinventarse supone aceptar situaciones, ser consciente de la realidad y tener la voluntad de cambiar las cosas y no caben excusas del tipo aún no estoy preparado o tal cosa es imposible para mi en tal o cual circunstancia. El ser humano posee más fuerza que cualquier otro ser sobre la tierra y la más poderosa de todas es la creatividad sumamente vinculada a la curiosidad. También en la naturaleza existen símiles, por no definirlos como especies, que mutan para alcanzar desde la madurez, la libertad. 

 

La crisálida se podría definir como una suerte de sarcófago, de castillo protector, donde se refugia la oruga de la mariposa y se desarrolla la metamorfosis, como el escenario de una batalla donde se producen transformaciones que convierten a la oruga, un insecto miserable y depredador, en uno de los seres más bellos del planeta. Un proceso que transforma a la bestia en la bella. Dotándole de alas y dándole la libertad. Hay una gran similitud entre el proceso de metamorfosis y el de reinvención. En ambos se produce un cambio que permite la adaptación a nuevas circunstancias.

 

La vida está llena de momentos en los que tomar decisiones depende de la capacidad de reinventarse como la mariposa. Ésa fue una constante de Hipsípila a lo largo de toda su vida, desde el momento en el que salvó a su padre de la muerte, cuando las mujeres de Lemnos decidieron asesinar a todos los hombres cuando éstos les fueron infieles. La capacidad de superación, de sobrevivir, de evolucionar es una singularidad que nos hace libres pero que al tiempo genera miedo, perturbación y controversia como sucedió en el mismo entorno de Gregor Samsa después de su metamorfosis.

 

Hay circunstancias en la vida que requieren una encapsulación para superar un momento determinado crítico. Las incubadoras de los neonatos sirven como la crisálida para superar una situación delicada. Momentos que luego, a lo largo de la vida, la mente recuerda con intención curativa, activando mecanismos propios de la vacunación. 

 

Y es después de romper la estructura de la crisálida cuando la libertad permite la belleza y cuando la creatividad abre nuevos horizontes basados en la poesía y el compromiso. Toda fractura deja huellas, cicatrices. Reinventar un poema insertando un verso, nuevo y ajeno, detrás de cada uno original es también una forma de transformación de la suerte echada que facilita el proceso de metamorfosis del artista. Éste se reinventa con el proceso creativo autobiográfico y el arte adquiere esa capacidad curativa a la que me refería anteriormente. Es también un proceso similar a la catarsis. La última obra de Aixa Portero es consecuencia de un maratón con obstáculos, de una batalla contra la adversidad. Quizá de ahí que sus poemas acumulen tanta intensidad que duelen, que sus crisálidas contenidas en estrechas cajas donde la obra se ve intencionadamente comprimida recuerden aquel momento del neonato con dificultades para sobrevivir, quizá sus libros abiertos aparenten transparencia aunque es su verdadera intención que el resto de las páginas no contengan palabra alguna o las letras se hayan caído como hojas de otoño. 

 

El escenario global del arte actual nos ha acostumbrado a admirar al artista comprometido con los aspectos sociales, políticos y culturales, con los derechos humanos, con las enfermedades endémicas del mundo como la guerra, el sometimiento de la mujer, el hambre o la soledad. Pero cada día más, empiezo a valorar de la misma manera y echo en falta que no se generalice esta satisfacción, a los artistas que se comprometen con su propia vida. Que optan por la autobiografía en vez de la crónica, en su obra. Indudablemente el compromiso con uno mismo requiere una capacidad de madurez mucho más desarrollada porque la obra desnuda al artista, pone de manifiesto sus debilidades y superaciones, sus miedos. Pero al tiempo, el mero hecho de enfrentarse a ellos con simbologías que pueden suponer catarsis dolorosas como los alfileres de perla blanca y los forros blancos que recuerdan el tul de un traje de bodas, para construir las alas de mariposa de la libertad, dan fe de esa capacidad de síntesis de la tragedia.

 

Portero es de esas artistas que, deteniéndose en la parte femenina del pensamiento y la experiencia, escapan a la moda del feminismo. Es difícil, sin duda, que el artista cruce la cuerda del trapecio con el equilibrio que requiere una reflexión sincera sobre los procesos emocionales de la mujer sin caer en el tópico fácil y recurrente del feminismo tramposo del que Marina Abramović ha renegado en múltiples ocasiones. Para ello el proceso, un trabajo minucioso, en el que cada elemento está meditadamente estudiado y experimentado, donde cada material ha sido analíticamente sopesado, donde cada idea es la consecuencia de días de reflexión, actúa como la metamorfosis interior de la crisálida. Y en ese proceso también hay un cambio del modo de pensar, una evolución conceptual que reinventa a la artista y a la persona. Jacques Lacan ya habló de la capacidad del artista para constituir la obra al igual que  la obra constituye al artista. Portero se constituye con esta exposición, en la cual sus obras aparentemente sutiles y poéticas ocultan una carga de intensidad contenida y energía, igual que el espectador se reinventa, desde la lectura de sus objetos, fotografías y poemas, en una mariposa reflexiva y crítica, de alas fuertes.